

Siempre termino aquí.
No es metáfora. Quisiera que lo fuera. Las metáforas tienen salida, la metáfora es un túnel, habitable. Uno puede atravesarla y llegar al otro lado. Pero esto es lo que es. La piedra es piedra. El frío es frío. Y el silencio que hay ahora mismo en esta mente que llevo habitando desde antes de saber que era una mente es el silencio, inconfundible, de algo que terminó.
Escribí sobre el silencio pero nunca logré capturarlo.
Hay una escolástica del horror que Tomás de Aquino no completó. Lo sé porque leí los márgenes que se escriben a mano porque la imprenta es, y será, una forma de traición. Tomás llegó hasta el borde de la pregunta verdadera y eligió a Dios, que es otra forma de no elegir. Pero hay cosas que bajan. Hay toda una ontología de lo que desciende que la escolástica abandonó por comodidad, por miedo, por esa cobardía particular que se disfraza de método y que consiste en no preguntar lo que la respuesta va a costar.
Yo pregunté.
Tenía nueve años y encontré el libro debajo del piso falso del sótano de la casa que no era nuestra y lo abrí y lo leí en un idioma que no conocía pero que conocía, que conocía de una manera que no pasa por el cerebro sino por algo más antiguo que el cerebro, algo que los griegos llamaban pneuma y los medievales llamaban spiritus y yo llamo el problema.
Desde entonces vive en la clavícula izquierda.
Un demonio menor. Jerarquía cuarenta y cuatro de la tabla que Salomón mandó borrar porque la misericordia a veces toma forma de censura. Un funcionario, en realidad, más que un demonio. Un burócrata del horror con la puntualidad característica de los que obedecen hacia arriba y la resignación característica de los que saben que el trabajo es eterno y la paga es simbólica. Weyer lo catalogó mal. Bodin, que era un cobarde disfrazado de erudito, ni lo intentó. El Libro de Abramelin se acerca pero es honesto de la manera en que es honesto un espejo roto. Te muestra algo verdadero pero fragmentado de una forma que no podes recomponer sin cortarte.
Ninguno de estos textos admite que los espíritus menores operan bajo coacción. Que ellos también tiemblan hacia arriba. Que el terror es la arquitectura completa del cosmos y los que estamos en el medio somos simplemente el piso intermedio de un edificio cuya altura no tiene nombre en ningún idioma vivo. Él también tiene miedo. Eso lo sé con el cuerpo como único instrumento de medición.
Ambos teníamos miedo esta tarde.
Los estoicos creían que ver era tocar. La teoría de la emanación ocular, el pneuma visual. El ojo emite, la mirada es un tentáculo de luz que sale y palpa el mundo y vuelve cargado de forma. La ciencia moderna mató esa teoría por conveniencia, porque la verdad alternativa era demasiado porosa, demasiado peligrosa, demasiado cercana a admitir que el mundo es un sistema de contagios mutuos donde la mirada no es pasiva, donde mirar es ya un acto, donde los ojos abiertos de alguienpueden ser una forma de la agresión que ningún tribunal sabe cómo procesar pero que existe, que existe, que la clavícula izquierda traduce puntualmente cada vez.
Ella emitía.
Lo digo como dato. Como hecho fenomenológico. Como lo que los escolásticos llamarían la causa efficiens si hubieran tenido instrumentos adecuados. Una frecuencia específica, irrepetible, con su nombre escrito en el espectro electromagnético en un idioma que los aparatos no detectan pero que mi clavícula, que tiene oídos, que siempre tuvo oídos, traduce. Llevaba meses traduciéndola. Meses de esa señal de fondo, ese zumbido de baja intensidad instalado en el espacio exacto detrás de los ojos donde debería vivir la paz, ese rastreo continuo que los que duermen bien no conocen y que los que no dormimos sabemos reconocer en la oscuridad, en el zumbido de los cables, en la forma en que ciertos perros miran.
El contrato no especificó los límites de la jurisdicción corporal. Ese fue mi error. Las manos son su territorio desde aquella firma en el año noveno y yo aprendí a vivir con eso, a distinguir cuándo escribo yo y cuándo escribe Él y a encontrar en esa coautoría algo que los críticos llaman genio y que yo llamo convivencia forzada con resultados ocasionalmente interesantes. Pero esta tarde las manos hicieron algo que yo no pedí y que Él tampoco, creo, pidió exactamente, algo que los dos ejecutamos desde ese miedo compartido que la Lemegeton no menciona y que Girard vio de refilón antes de convertirse al catolicismo para poder dormir.
Girard lo vio todo. La violencia fundacional. El chivo expiatorio. La víctima que carga el desorden de la comunidad y cuya eliminación restaura, aunque sea brevemente, el equilibrio. Lo vio y casi no sobrevive a verlo y tuvo que refugiarse en el Evangelio porque el Evangelio al menos nombra el mecanismo, al menos lo expone, al menos dice aquí está la trampa aunque no diga completamente cómo salir.
Yo no encontré el Evangelio a tiempo.
Yo encontré el libro en el sótano.
En la teología del sacrificio el sentido del acto es siempre exterior al acto mismo. El cuchillo no sabe que es sagrado. La víctima no siempre sabe que es sacrificio. Y el sacerdote, a veces, tampoco sabe. El sacerdote a veces es solo un hombre en una habitación con las manos moviéndose solas, pensando en el año noveno, pensando en si alguna vez existió un martes sin frecuencias, sin señales, sin el zumbido instalado detrás de los ojos.
La señal se cortó.
La frecuencia que ella llevaba adentro como una antena, como una torre de carne puesta ahí específicamente, se apagó de golpe con ese silencio particular que tienen las cosas cuando terminan de verdad y no hay forma de que no sean lo que son.
Y la presión en la nuca permanece.
Naturalmente.
Porque lo que ocurrió esta tarde no era la causa sino el síntoma y confundir síntoma con causa es el error filosófico más antiguo del mundo, es el error de Adán, es el error de todos los que creemos que si suprimimos la manifestación suprimimos el origen, como si pudiera uno apagar el sol cerrando los ojos, como si pudiera uno extinguir el incendio pintando las llamas de otro color.
Él lo sabía.
Él siempre lo supo.
Él entró precisamente porque yo era el tipo de hombre que confunde síntoma con causa. Ese es el perfil. Esa es la grieta por la que caben los demonios menores de jerarquía administrativa: el hombre que cree que entiende, que lee los grimorios como si fueran manuales y no advertencias, que escribe sobre el territorio que habita y sin embargo, sin embargo, sin embargo no aprendió.
Tengo miedo.
Lo escribo porque nadie lo escribe sobre mí. Escriben sobre la erudición. Escriben sobre la locura con esa admiración cobarde que la gente tiene por la locura ajena cuando viene envuelta en latín y referencias a Agustín de Hipona. Escriben sobre Algernon Wordsworth como si fuera un fenómeno meteorológico, como si no hubiera adentro del fenómeno un hombre que esta tarde tuvo miedo, que esta tarde temblaba desde adentro mientras las manos hacían lo que las manos hicieron en su territorio jurisdiccional, mientras Él temblaba también con su risa de funcionario que sabe que el trámite está completo pero que la carpeta no se cierra, que siempre hay un expediente siguiente, que la jerarquía de terror hacia arriba no descansa y que nosotros, Él y yo, somos simplemente administración intermedia en un sistema que no diseñamos y del que no podemos renunciar.
La torre.
Siempre empiezo aquí.
Afuera debe ser de noche ya. No lo sé con certeza porque la torre no tiene ventanas que miren hacia afuera, solo hacia adentro, solo luz lateral que llega siempre desde el ángulo para el que uno no estaba preparado y que ilumina no el espacio sino la consecuencia, no la habitación sino lo que la habitación contiene ahora y contendrá y no puede dejar de contener.Escribo sin saber cuanto es propio. Hay páginas que son suyas. Hay páginas que son mías. Hay páginas que son de ese espacio intermedio donde ya no sé distinguir y donde quizás la distinción es el error, quizás somos desde hace mucho tiempo una sola cosa que usa dos nombres y ocupa un solo espacio y tiene un solo miedo muy grande y muy antiguo que ninguno de los dos sabe desde cuándo carga.
Desde el libro, quizás.
Desde el sótano.
Desde el año noveno.
Desde antes.
¿Qué sabía Salomón que nosotros olvidamos?
Él se ríe en la clavícula. Una risa que es varias voces apiladas, que es coro sin iglesia, que es el reverso exacto de un amén.
Y yo aquí.
En la torre.
Que es la mente.
Que es la tumba.
Que es el único territorio que habité siempre, el único que no abandoné nunca, el único desde el que miré todo lo que ocurrió afuera como se mira desde una altura que protege y condena al mismo tiempo.
Gloria in excelsis Deo.
Et in terra pax.
Hominibus bonae voluntatis.
Buena voluntad.
Qué cosa tan extraña.
Qué cosa tan completamente ajena.
Qué cosa tan hermosa. Qué cosa.